Acoso en transporte público aumenta temor de las mujeres en la CDMX

POR: / 10 febrero, 2019

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El fin pasado salí con mis amigas a tomar unas cervezas a un lugar del Centro y me quedé con las ganas de usar una falda corta; que, si porque me iba a ir en Metro, que, porque me iba a ir en micro, que, si porque tenía que caminar sola en la calle y bueno, me hice mil telarañas y total que no me la puse.

No me la puse porque con todo lo que escucho en la radio y leo en los diarios y en redes sociales, estoy paniqueada. Si por mi fuera ya ni salía, confesó Micaela, una auditora contable de 35 años, chilanga de cepa.

Comenta también que toda la semana se terapeó y decidió no ser víctima del miedo. No voy a dejar que esta maldita inseguridad secuestre mi vida y mi modo de vestir ni de ser. Me lo prohíbo, interiorizó.

Lo que si ha comenzado a hacer es compartir con su pareja o algún familiar su ubicación en tiempo real. Cargar un atomizador con una solución ácida -que aprendió hacer en un tutorial en línea, en lugar de gas pimienta- y acordó con sus amigas asistir a clases de defensa personal.

Soy una mujer fuerte, segura de mí, independiente, de lo que soy y de lo que creo, ¿por qué tengo que empezar a vivir con miedo? No quiero eso para mi vida.

Cuenta que ayer salió de nueva cuenta con sus amigas y no se puso la falda corta, se puso un vestido corto.

Salió de su casa en Coyoacán. Llegó a la esquina para buscar un taxi. En lo que hacía “casting” de taxi -a lo que ella llama a buscar un taxi viejo que no tenga seguros automáticos y un chofer medio viejito- Comenta que al paso de dos minutos justo frente a ella se estacionó un auto Jetta blanco, el conductor la abrió la puerta del copiloto y le dijo “por si necesitas”. Obvio ni lo pelé, pero tampoco le presté atención, sentí como una sensación caliente me cubría el cuerpo. Quería correr, pero no lo hice. Me quedé firme. Ni lo miré y ahí me quedé. Describe la joven que a unos metros estaba el señor con el que compra sus verduras batallando con su camioneta, además era de día y la gente seguía pasando.

Dice que a los pocos minutos el sujeto cerró la puerta y se fue. Al poco rato. Encontró un taxi rotulado que le dio confianza y lo abordó. La llevó al Metro. Por tráfico, me bajé antes y caminé dos cuadras a la estación Ermita de la Línea dorada.

Es increíble que los hombres no puedan ver a una chica con un vestido corto y se aguanten las ganas de mirar. ¡¿Qué nunca han visto unas piernas, un culo?! ¡Carajo, que fucking molesto es!, indicó muy molesta y la mirada encendida de rabia.

Yo empoderada seguía mi camino; incluso comenta les sostiene la mirada a quienes cínicamente la miran lascivamente.

Ha habido ocasiones que he enfrentado a los tipos: ¿se te perdió algo? Y hasta cobardes son. No te contestan y ahí sí, ya no te ven. Cerdos.

Ya en el Metro indica que, se buscó un espacio en el lugar de mujeres. Todo normal. Me puse los audífonos para dispersar mi paranoia.

Al llegar a su destino en Metro Zapata de la Línea 12, caminó algunas cuadras para encontrarse con sus amigas, y lo mismo. Hasta los conté. De 18 hombres con los que me topé 12 lanzaron esa mirada incomoda, grosera.

Ya de regreso a casa, indica que normalmente comparte Uber o Didi con sus amigas y la ruta a su novio y hermana.

No pienso renunciar a mi estilo ni ritmo de vida, por gente que no respeta o porque en esta ciudad no garantizan la seguridad a las mujeres. Lo que si está en mis manos es tomar medidas de seguridad que me den confianza.

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