CRÓNICA: Estudiantes derraman lágrimas al conocer los rostros de mujeres asesinadas en México

POR: / 23 octubre, 2017

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Tenía la encomienda de cubrir el foro Violencia de género: Feminicidio, en el CCH-Vallejo el 20 de octubre a las 15 horas.

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Sin más expectativas que las de recopilar datos, algunas declaraciones y conocer a Frida Guerrera –la experta, la vocera del Feminicidio en nuestro país– eran la misión para esa cobertura y hacer la nota.

Sala José Vasconcelos, ya en el sitio y con retardo de ocho minutos, llegué a la cita.  En el estrado, de lado izquierdo una mesa rectangular cubierta por una manta en la que se leía “Justicia para Fátima” y a ambos lados fotografías de chicas; del derecho tres carteles a ras de suelo, en el que se veían fotos, sobresalía una en la que aparecía un “chico banda”.

En la mesa del estrado estaban tres mujeres, dos de ellas maduras y una joven.

A los pocos minutos dio inicio la sesión, sospecho que ninguno de los que nos dimos cita en aquel recinto teníamos idea de que lo que viviríamos.

Frida Guerrera dio la bienvenida a los asistentes y preguntó si sabíamos de qué se trataría la conferencia, nadie contestó. El público parecía apático, inmóvil. “Seguro los dejó venir su maestra, ¿verdad?”, inquirió Frida a los jóvenes. Entre risas y murmullos algunos contestaron que sí. Frida continuó con la presentación.

-El objetivo de esto es que ustedes conozcan los testimonios en voz de las madres. Tenemos a Consuelo Salas, mamá de Victoria Salas Martínez y ahorita van a conocer su historia. Está Sacrisanta Mosso, que algunos de ustedes ya la conocen, mamá de Karen, estudiante de este CCH; está con nosotros Lorena Gutiérrez que es mamá de Fátima Quintana Gutiérrez, asesinada en 2015, una niña de 12 años; está también Heydi Ávalos, sobrina de  Xóchitl Ávalos, que fue arrancada muy recientemente de sus  hijos, sobrinos y su mamá-. Así dio inicio esta experiencia.

Al fondo del escenario sobre un proyector –mientras Frida hacía un parangón del “Ensayo de la ceguera” de Saramago con la sociedad actual– corrían slides con fotografías de jóvenes, maduras y niñas: mujeres: algunas con descripciones de ellas, sobre cómo y dónde fueron asesinadas, fechas, nombres: Edith Alejandra, Eloísa Margarita, Gisela, Patricia, Allison, Lesly, Evangelina, Nancy, Yohana, Judith, Cindy Matilde, Pilar, Susana… perdí la cuenta eran más de ¿70, 80,90? No lo sé. Frida señaló que en lo que va de 2017 se han registrado 1430 Feminicidios en nuestro país.

“¿Cuántos de todos estos conocen ustedes?”, preguntó Guerrera al quorum. Sólo dos respondieron.

-Soy Frida Guerrera, me dedico a visualizar e investigar Feminicidios y lo que más me interesa es quitarle la cifra y ponerle rostro-, así continuó la conferencista.

“El Feminicidio es un tema que nos debe preocupar y ocupar a todos, no podemos –como mexicanos– dejar de ver lo que está sucediendo. No se vale que estemos formando hijos violentos y poco tolerantes a la frustración. No es válido que dejemos en manos de la tecnología la educación de nuestros hijos. Que normalicemos la violencia; es tiempo de retomar nuestros valores, de educar con consecuencias. Es tiempo de que la sociedad dejemos de culpar a las mujeres; a ellas –las que han sido asesinadas– de llamarlas tontas, putas, delincuentes. Entender que salir de un círculo de violencia es muy difícil y celebrar cada que una de ellas lo logra”.

-Adentrarse al tema del Feminicidio –advertía Frida– es adentrarse a un mundo de terror de dolor, de infiernos, tratar de sentir el sufrimiento de estas mujeres…La impotencia, la vergüenza; el cuestionamiento: ¿en qué nos hemos convertido? ¿Qué estamos haciendo como adultos? Deberíamos tener como imperativa la necesidad de exigencia ante las autoridades. ¡Ya no más, ni una más! Así, tras estas palabras firmes, fuertes, punzantes esa mujer que nos hablaba –morena de cabellos obscuros y rizados y ojos grandes nos envolvió y obtuvo la atención del auditorio.

Fue ahí, donde un golpe de realidad vibrante –al ver que las madres sentadas en aquella mesa del presídium, sollozaban discretamente, aunque por dentro se encuentran destrozadas– escuchaban a la locutora y veían una a una las imágenes de las víctimas; esta reportera se quitó el prejuicio de permanecer objetiva y estoica a la información y sucumbí a la emoción en caída libre. Me olvidé de cifras y entendí que esto es cuestión de todas, de todos; nos involucra. Puedo ser yo, usted o alguien a quien amamos la siguiente víctima.

-El 15 de febrero de 2015 –un jueves– tres de mis vecinos, dos de ellos amigos de mi hijo, compañeros de la secundaria asesinaron a mi hija a cien metros de mi casa-, relató Lorena Gutiérrez con voz temblorosa, a punto de llanto la madre de Fátima, víctima de Feminicidio de tan solo 12 años.

El auditorio enmudeció.

“Fátima venía de la secundaria, la estaban esperando. Se la llevaron a un lugar boscoso, desde el primer momento a Fátima la privaron de su libertad. La torturaron, le cortaron la cara, le cortaron el cuello. En el transcurro para llegar al lugar en el que mataron a mi hija la “picaron” noventa veces. Le fracturaron sus tobillos, sus muñecas, le sacaron un ojo, le tiraron todos los dientes, la violaron los tres: José Juan, Luis Ángel y Misael. Como  mi hija todavía no se había muerto, le destrozaron la cabeza con piedras de 36 y 32 kilos. Fue así como Fátima fue asesinada, por un traumatismo craneoencefálico severo”.

Al fondo de la sala se escuchaban sollozos, respiraciones profundas para poder seguir escuchando aquella historia que nos desgarraba a todos. Lorena nos contagió. Por un momento todos adoptamos su dolor, fuimos parte de esa familia desmembrada. Sufrimos y nos angustiamos, sentimos el terror de pensar que podríamos perder a alguien amado de manera tan vil. Todos por algún momento vimos en las lágrimas de Lorena, las lágrimas de nuestras madres, esas que no nos gusta presenciar por ser sufrimiento o lamentación.

40 minutos de tortura, padeció aquella joven de 12 años. –Dos horas después encontraron a Fátima semienterrada atrás de la casa de Luis Ángel y Misael sus asesinos– continuó Lorena –José Juan Hernández Cruceño, mejor conocido como El Pelón, es narcomenudista como toda su familia desde hace cuarenta años-.

Al día de hoy, la familia de Fátima se halla en el ostracismo, fuera del Estado de México debido a las amenazas de muerte que han recibido.

Sólo Luis Ángel fue sentenciado a 73 años de prisión. Misael está siendo juzgado como menor a pesar de que tiene 21 años, él va a recibir una sentencia de 2 años –si es que lo sentencian–.

“José Juan Hernández Cruceño fue ayudado por todos los de mantenimiento de la escuela privada Sierra Nevada, por el director administrativo y por los dueños, son mafiosos, yo no lo sabía. Pertenecen a un cartel de drogas, yo no lo sabía. Yo vivía con mis hijos en un pueblo tranquilo y paso esto.

Mis dos vecinos consumían drogas y eran niños a los que sus papás jamás les hacían caso. No estoy  tratando de excusarlos, estoy tratando de que ustedes tomen conciencia. Platiquen con sus papás. Y las personas adultas que tengan hijos, por favor, abrásenlos, quiéranlos, demuéstrenles que los quieren, para que no nos hagan esto; para que no les destrocen la vida a nuestros hijos como le destrozaron la vida a Fátima.

Yo hasta hoy, dos años ocho meses, con mi esposo y mis hijos seguimos luchando por una justicia que no hay, en mi casa sigo esperando a Fátima. No tengo miedo, tengo muchísima impotencia le destrozaron la vida a mi hija y a nosotros como familia. No hallo como pedirles que sientan empatía, con las madres de los Feminicidios, por favor, traten de ponerse todos un poquito en nuestro lugar, es espantoso no tener a nuestras hijas y que nos las hayan quitado de esa manera.

No puedo decirles más, solo que voy a seguir luchando y que voy a seguir buscando justicia y que no  existe miedo en mí en mi familia y en mi marido, contra ningún cartel, contra los mafiosos, contra ninguna escuela, ni contra los familiares de José Juan que pertenecen a la policía, son judiciales y su abuelo es militar retirado.

No tengo miedo, quiero justicia. Y quiero que José Juan pague lo que le hizo a mi hija. Él está libre, vive en Naucalpan, lo dejó ir la jueza Janete Patiño como si nunca hubiese hecho nada. No me voy a cansar de luchar hasta ver que José Juan pague lo que hizo, porque no quiero que ninguna de ustedes pasa  lo que pasó Fátima”.

Entre aplausos y lágrimas Lorena terminó con su relato así, fuerte y con esperanza de que pronto se hará justicia para Fátima.

Mientras, la audiencia entre la conmoción de este primer caso asomaba lágrimas, algunos se abrazaban o se daban la mano, como para darse valor expectantes para lo que vendría.

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